miércoles, 28 de mayo de 2008
Anecdotario
Tenìa 18 años. Llega a mis manos una anhelada carta. Desesperado, abro el sobre y leo con alegrìa que mi "trabajo poètico ha sido seleccionado". Debo presentarme a Buenos Aires, Argentina, en unos dìas, para recibir Plaqueta y Diploma de Honor, con la parafernalia y el aburrimiento del caso. Luego de la dicha ìntima y solitaria, a pensar. Los tràmites, el dinero, el pasaje de aviòn, el pasaporte, la premura del tiempo... A luchar contra las adversidades. Primero, la falta de fondos. Luego, la burocracia: intentos con el recièn estrenado gobierno y su flamante Ministerio de Cultura y Deportes; "no contamos con partida especìfica para estos casos", sentenciò un Comisario que me atendiò a falta de interès del Ministro. Opciones: Cancillerìa. Y llega la solicitud de cita con el canciller para, al menos, en caso de no poder realizar el viaje, recibir de manos de las autoridades locales el Diploma y la Medalla de Honor... Para no hacerla màs larga, refiero ùnicamente que aùn espero la cita con el Canciller (un veterano polìtico que fue algunas veces candidato presidencial -perdiò en ambas ocasiones- y que me dejò la sensaciòn empalagosa de que nuestras autoridades no tienen interès en la cultura). Curiosamente me sentì tan sòlo como debiò haberse sentido èl, en su infancia, cuando se criò en el Orfanato Santa Marìa. Y luego, un espeso silencio que durò muchos años y trajo innumerables sinsabores.
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